Actitud progresiva es volver a escribir en el blog. Actitud progresiva es levantarse temprano, agarrar el par de baquetas, y sentarse a ensayar para una tocata venidera. Actitud progresiva es terminar de escribir un cuento para postularlo a otro concurso y esta vez ganar. Actitud progresiva es correr por la calle gritando: QUIERO UNA ENTRADA PARA SÚDALA!!!
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Me hicieron capitán de un barco que nunca quise navegar. Me pusieron el timón entre las manos a la fuerza. Sombrero a la cabeza, y una pipa en la boca que ardería por siempre. Yo no quería serlo, no quiero serlo. Pero después de todo ya estoy acá, navegando entre aguas turbulentas, contigo guiándome a lo lejos, y con un lastre de personas que quiero soltar al mar.
Es injusto, es cierto. Es muy injusto. Una persona con mi inexperiencia en estos asuntos, puede cometer errores. No es justo que cometa errores. Pero qué diablos, tengo 26 años y jamás tuve que dirigir un barco. Recuerdo la última vez que me acerqué al mar: tenía 4 o 5 años, y sólo mojé mis pies y mejillas con un llanto incontenible. Ahora tengo que sumergirme, nadar y llegar al timón para que no choquemos con alguna roca. Lo cierto es que no sé nadar, moverme en tu mar me produce nauseas y me quita energías. Tanto así que me agarré un resfrío de aquellos, y eso que la primavera manda estos días.
Es injusto para mi. No quiero navegar este barco. Es injusto para ti. Una vez me dijiste que querías descansar en el mar. Con peces, con algas, con olas. Ya lo tenía todo planeado, yo te llevaría con mis propias manos, al centro del mar, y lanzaría tu recuerdo junto a algunas rosas blancas. Uno propone y Dios dispone. Tu partida se adelantó muchos años, y yo no tenía la capacidad de decisión que provoca una cuenta bancaria suculenta. Los que pudieron hacerse cargo de la situación se lavaron las manos en tu mar, me hicieron jurar, me hicieron caminar directo al timón, y ellos se quedaron en la orilla, con las manos mojadas, saladas, tranquilos de ver que yo nadaba hacia el barco, felices, porque ya no había de qué preocuparse.
Es injusto para ti, pero no es mi culpa. Es difícil encontrar culpables en este escenario. No es cierto. Tengo a los culpables plenamente identificados. Tengo sus razones entre las manos, las amaso y no las entiendo. Cuántas negativas recibí cuando pregunté si podías inaugurar el barco familiar. Cuántos silencios me inundaron al mirarla a los ojos, pidiendo una señal. Nadie quería hacerse cargo, y eso es lo que más me duele. Porque ahora soy yo la que tiene que dirigir tu camino, y es injusto, habiendo más capitanes a bordo.
Me hicieron capitán al mando, y tengo gaviotas revoloteando y cagando en mi sombrero. Tengo pelícanos mordiéndome las manos y haciéndome jurar que no soltaré el timón. Y sé que tendré que hablar con lobos marinos, para que me dejen pasar con tu barco al mar de tu propiedad. Tantas veces traté de emitir sonidos parecidos a los lobos, pero nunca entendieron mi lenguaje humano. Y me complica hablar al viento y chocar contra una barrera de lobos gordos y naufragar. Pero ya estoy abordo y este viaje recién comienza.
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Y me paré al medio de la carretera, con los campos abiertos a ambos lados, y un cielo azul que me daba vergüenza de lo limpio. Abrí bien los ojos y esperé los golpes. Viene corriendo uno, directo a mi estómago. Auch. Otros caían en diagonal, y se posaban como manos amigas sobre mis hombros. Pero seguían siendo golpes, yo podía sentirlos desde antes que fueran lanzados. Ay. Eso dolía, dolía más que cuando te quiebras la muñeca al caer, o cuando alguien te pisa el corazón. Allá viene otro. Me preparo, rigidizo mis músculos y sonrío vitaliciamente.
Sonrío con el corazón abierto, operado dos veces, trasplantado otras cuantas. Pero sonrío, siempre. Siguen viniendo esos golpes, los siento a mis espaldas. Los adivino caer desde el cielo sin nubes, directo a mi cabeza, tan directo que a veces me traspasan transversalmente y rebotan, y caen de nuevo. Y de nuevo.
Pero nunca termino de acostumbrarme, sigo mi camino solitario mirando el cielo, a veces pateando una piedra, y otras veces encontrando tesoros. Una vez me encontré un mirlo, me acompañó con un aleteo sutil durante algún tiempo, hasta que se aburrió y se fue en busca de quién sabe qué. Otra vez, cuando me agaché para esquivar uno de los tantos golpes que venían, encontré una castaña, casi la piso, pero alcancé a recogerla y la guardé en mi bolsillo derecho. A veces cuando vienen golpes a altas velocidades, la estrecho fuerte en mi mano, y sigo sonriendo. Otras, las menos, la sostengo fuera del bolsillo, y miro hacia el cielo y se me asoma una lágrima de puro gozo. A veces de pena también. Pero la verdad es que ya no puedo dejar de sonreir. A pesar de todo.
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